Hay una frase que escucho con más frecuencia de lo que debería en mi consulta de psicología en Almería.
«Llevo varios años yendo al psicólogo«
Años. Dinero. Tiempo. El esfuerzo de ir cada semana, de abrir viejas heridas, de hablar de tu infancia, de tus padres, de tu expareja.
Y cuando te preguntas qué ha cambiado de verdad en tu vida, la respuesta es incómoda: poco, o, peor aún, el fortalecimiento, más aún, del patrón de evitación.
Eso no es un fracaso tuyo, tampoco tiene porqué ser del terapeuta. Pero algo no funciona.
Ir a terapia a desahogarse no es lo mismo que ir a solucionar algo
Aquí está el primer problema y es el que la mayoría de psicólogos no van a contarte que desahogarse cumple una función muy poderosa que se mantiene por refuerzo negativo pero, a la larga, significa “pan para hoy y hambre para mañana”
Muchas terapias se convierten, con el tiempo, en sesiones de desahogo.
Llegas, cuentas lo que te pasó esa semana, te sientes un poco mejor durante unas horas, y vuelves a casa. Ya conoces esa sensación.
Al martes siguiente la dinámica se repite. El terapeuta asiente, reformula, empatiza. Y tú te vas con la sensación de que «ha ido bien».
Pero tu vida sigue igual.
La ansiedad sigue ahí. Las discusiones en pareja siguen ahí. El bloqueo en el trabajo sigue ahí. Los patrones que te traen problemas una y otra vez siguen funcionando como siempre.
¿Por qué? Porque desahogarse alivia. Y el alivio reduce la urgencia de cambiar de verdad. Es paradójico, pero es así.
En psicología hablamos de dos tipos de cambio muy distintos.
El cambio superficial, el que parchea el síntoma sin tocar la raíz, y el cambio cualitativo real, el que modifica la estructura del problema.
Es como diferencia entre echar más agua en un vaso o cambiar el líquido que hay dentro.
Años de terapia sin resultados concretos suelen ser años de parches acumulados.
El momento más peligroso: cuando te encuentras «un poco mejor»
Hay algo que pasa casi siempre y que pocas veces se habla abiertamente.
Llevas algunas sesiones en terapia. Empiezas a sentirte algo mejor. La ansiedad baja un poco, duermes mejor, tienes más energía. Y entonces aparece el pensamiento: «Ya estoy mejor, creo que puedo dejarlo.»
Es el momento exacto en el que más gente abandona. Y es el momento exacto en el que el problema sigue sin estar resuelto.
Los síntomas han bajado porque has empezado a hacer algo distinto, a hablar de ello, a darle nombre. Pero las variables de mantenimiento siguen intactas.
Es como tener una piedra en el zapato, pararte a descansar un momento, y confundir ese alivio con haber sacado la piedra. No la has sacado. Sigue ahí.
Sobre esto escribí algo hace tiempo que te animo a leer: qué pasa cuando dejamos la terapia justo cuando empezamos a sentirnos mejor.
Es uno de los ciclos más habituales y más silenciosos.
El problema de fondo que nadie te cuenta
La traumatización como industria tiene un incentivo perverso.
Una persona que mejora rápido y se da de alta es un cliente que deja de pagar.
Una persona que vuelve cada semana durante años, que siente que «no puede dejar la terapia», es un paciente crónico.
Y hay modelos de trabajo que pueden perpetuar eso.
No estoy diciendo que haya mala fe generalizada.
Estoy diciendo que hay mucha formación deficiente, muchos enfoques que no tienen evidencia científica que la sustenten, y un sector donde la especialización escasea y el «un poco de todo» abunda.
Si llevas mucho tiempo en terapia, hay una pregunta que te mereces hacerte sin culpa: ¿sabes cuál es el objetivo concreto de tu proceso? ¿Tienes claro qué se está trabajando, por qué, y cómo se va a saber que está funcionando?
Mi enfoque como psicólogo
Cuando alguien llega a mi consulta de psicología en Almería con este perfil, lo primero que hago no es empezar a hablar de su problema, sino intentar entender las contingencias que controlan su conducta.
Lo primero es entender qué está pasando funcionalmente. Qué hace esta persona, en qué contextos, qué consecuencias tiene, qué está evitando, qué valora de verdad.
Eso es el análisis funcional: antes de proponer cualquier intervención, necesito entender la lógica del problema de esa persona concreta.
No la etiqueta diagnóstica. No el manual. Esta persona, esta conducta, este contexto.
Desde ahí trabajo de forma integradora, combinando lo que tiene evidencia con lo que encaja con la historia y los valores de quien tengo delante.
A veces eso implica ACT, a veces terapia narrativa, a veces estrategias conductuales directas. Lo que no hago es seguir haciendo lo mismo si no está funcionando.
Si te has visto reflejado en algo de lo que has leído
No hay ningún juicio en esto. Seguir años en una terapia que no avanza no es señal de debilidad, es señal de que tienes ganas de mejorar y de que algo en el proceso no está encajando.
Quizá vale la pena plantearse si el enfoque que estás siguiendo tiene realmente un plan, unos objetivos claros, y una dirección.
Tanto si vives en Almería como si no, puedes reflexionar sobre lo que aquí te planteo y si piensas que es tu caso, puedes planteárselo a tu terapeuta para que podáis cambiar el rumbo. Si nada sigue sin cambiar puedes escribirme por WhatsApp y agendamos una cita.


