A menudo, en mi consulta, os recibo a padres y madres que llegáis cargados de dudas, cansancio y, sobre todo, una pregunta silenciosa que os suele costar articular: «¿Es esto normal o mi hijo necesita ayuda?».
En este caos de vida que llevamos todos, en el que es fácil perder la perspectiva, intentamos ofrecer la protección que creemos que nuestros hijos merecen y deseamos que se encuentren siempre bien.
Por lo que parto de la idea de que ser padre o madre es, quizá, el ejercicio de vulnerabilidad más grande que existe, no vienen con libro de instrucciones, ¡ojalá!
Por eso, antes de entrar en listas o señales, quiero que sepas algo fundamental: no hay juicio ni culpables en mi consulta.
En el proceso que realizo cuando ejerzo como terapeuta infantil, no busco etiquetar o encasillar al niño o la niña en una categoría concreta, pues realmente no aporta mucho, sino comprender el «por qué y para qué» de sus conductas y cómo pueden ser cambiadas.
Porque toda conducta — externa, interna, emocional o verbal — tiene un sentido dentro de su contexto vital.
El análisis funcional: más allá de la superficie
Antes de desgranar esas señales, piensa en esto: ¿qué pasaría si tratáramos de arreglar un coche mirando solo el color de la carrocería?
Pues con los niños pasa igual. En mi enfoque, que combina la creación de una adecuada relación terapéutica y el análisis funcional de la conducta, no me quedo sólo en el «qué hace el niño» (el síntoma), sino que exploro los antecedentes y las consecuencias que mantienen esa conducta.
Cada niño es una historia única, una mirada ideográfica que merece ser respetada. Por eso, trabajaremos juntos, tu como progenitor, tu hijo o hija y yo para descubrir qué función cumple ese comportamiento que hoy te preocupa.
5 señales clave para observar en tu hijo
1. Cambios persistentes en el estado de ánimo (la metáfora de la lavadora)
Como explico a veces en consulta, el malestar puede ser como una «lavadora encendida» que genera un ruido mental incesante.
En los niños, ese ruido se traduce en irritabilidad constante, tristeza que no cede o apatía.
Si notas que tu hijo ha dejado de disfrutar con lo que antes le apasionaba — lo que llamamos Anhedonia —, es momento de observar.
No se trata de un mal día, sino de una sombra que parece haberse instalado en su día a día.
2. Regresiones en hitos ya conseguidos
¿Ha vuelto a hacerse pis en la cama cuando ya lo tenía superado? ¿Pide de nuevo el biberón o habla con un lenguaje más infantil de lo que le corresponde por edad?
Estas conductas son, a menudo, una forma de buscar seguridad ante un entorno que perciben como amenazante o desbordante.
Es su manera de decir: «necesito volver a un lugar donde me sentía protegido».
3. Somatizaciones: Cuando el cuerpo habla lo que la boca calla
En la atención infantil, vemos con frecuencia dolores de barriga o de cabeza recurrentes que no tienen una causa médica justificada.
Si cada domingo por la tarde aparece un malestar físico antes de ir al colegio, o si los eccemas brotan en épocas de exámenes, “el cuerpo está lanzando un SOS emocional” que puede ser relevante..
4. Dificultades en las relaciones sociales y aislamiento
Si tu hijo ha pasado de ser alguien sociable en el cole o en el parque a jugar siempre solo, o si sus interacciones suelen acabar en conflictos constantes con otros niños, suele estar ocurriendo algo, ahí hay una señal.
A veces, detrás de la «timidez extrema» o la «agresividad» se esconde una falta de herramientas para gestionar la frustración o una ansiedad social que le impide conectar.
5. Conductas de evitación y miedos limitantes
Aquí entra en juego la famosa metáfora del “elefante rosa” que suelo usar en consulta: si le pedimos a alguien que no piense en un elefante rosa, acabará pensando más intensamente en él.
Cuando un niño intenta evitar situaciones (no querer ir a cumpleaños, miedo a dormir solo, rechazo escolar) por un temor intenso, forzarlo a «no tener miedo» suele ser como apagar el fuego con gasolina.
La evitación alivia a corto plazo pero se torna disfuncional a largo, estrechando su mundo e impidiéndole vivir conforme a lo que le resulta estimulante.
¿Cómo trabajaremos en mi consulta de Almería?
Desde mi mirada integradora, te propongo un espacio seguro donde el niño no es el «problema», sino alguien que está intentando adaptarse a su mundo de la mejor manera que sabe.
- Sin etiquetas diagnósticas: no me interesa decirle a tu hijo que «es un niño con TDAH o ansiedad». Me interesa entender cómo su atención o su miedo funcionan en su contexto y mundo actual.
- Colaboración con la familia: el proceso es una colaboración. Vosotros sois los expertos en vuestro hijo; yo aporto el marco científico y humano para guiaros.
- Compasión como base: entenderemos juntos que lo que ocurre no es aleatorio. Trabajaremos desde el respeto profundo por su historia personal.
- Intervención basada en Análisis Funcional: usaré una “mirada funcional” para identificar qué variables mantienen (atención social, evitación, flexibilidad emocional) la conducta problema y cómo cambiar la relación estímulo – respuesta para que recupere su libertad y alegría.
Un mensaje para ti, que me lees aquí y ahora
Si notas que algo «no encaja», que vuestra convivencia se ha vuelto una batalla o que el sufrimiento de tu hijo o hija te desborda, no esperes a que la llama se convierta en incendio.
A veces, simplemente necesitamos tomar distancia y perspectiva para poder integrar estos eventos en nuestro día a día.
Ni quiero ni busco darte recetas simplistas, sino invitarte a una reflexión profunda: ¿qué pasaría si ese “síntoma” fuera en realidad una puerta para comprender mejor a tu hijo?
Te espero en mi consulta. Vamos a trabajar juntos por el bienestar de lo que más quieres. Cuenta conmigo.


