Hay un momento muy concreto en que algo hace clic. Y lo sabes.
Estás en el móvil, a las once de la noche, y aparece un vídeo. Alguien explica con mucha seguridad que «las personas con apego ansioso hacen X, sienten Y, y reaccionan con Z».
Y mientras escuchas piensas: esto soy yo. Exactamente yo.
Es un alivio enorme, desde luego. Ponerle nombre a algo que llevas años sin entender tiene ese efecto. El problema es lo que viene después.
La etiqueta como punto de llegada, no de salida
Cuando el diagnóstico se convierte en identidad, el trabajo real se para.
«Soy PAS.» «Tengo apego ansioso.» «Mi expareja era narcisista.» Frases que empiezan siendo una herramienta de comprensión y acaban siendo una forma de explicar todo sin cambiar nada.
La etiqueta responde al qué, pero esquiva el para qué, el cómo y el cuándo. Y son esas tres preguntas las que importan en terapia.
Lo que me encuentro en consulta cada vez más, y mira que llevo años en esto, son personas que llegan con un diagnóstico que se han puesto ellas mismas o que les ha dado un terapeuta sin mucho más fundamento que un test de personalidad descargado de internet.
Y cuando intentamos trabajar en serio, la etiqueta se convierte en un obstáculo. Se usa para justificar patrones, para explicar por qué «no se puede» cambiar, para hacer crónico algo que quizá no lo es.
Eso no es psicología. Es otra cosa.
El negocio detrás del contenido de salud mental en redes
Seré directo: el contenido de salud mental en redes no está pensado para ayudarte. Está pensado para que te quedes en la red social.
Un vídeo que te explica que «probablemente tienes TDAH adulto si haces estas 7 cosas» genera millones de visualizaciones porque apela a algo muy humano: la necesidad de entenderse.
Pero esa lista de siete cosas describe, con mayor o menor exactitud, a casi cualquier persona que vive con el nivel de estimulación y exigencia de la vida actual.
No es diagnóstico. Es engagement.
Los creadores de ese contenido no son necesariamente malintencionados.
Muchos son psicólogos con formación real. Pero el formato les obliga a simplificar hasta el punto de que lo que queda ya no se parece al fenómeno clínico original.
Y la persona que lo consume no tiene forma de saber la diferencia.
El resultado es una generación entera que llega a la consulta de psicología en Almería, y a cualquier consulta, con un mapa mental construido a base de reels, y ese mapa suele estar bastante lejos del territorio real.
Lo que se pierde cuando el problema se reduce a una etiqueta
Los problemas psicológicos no nacen de categorías. Nacen de contextos.
Hay una idea que trabajo mucho en terapia: los problemas psicológicos tienen siempre una historia y un entorno detrás.
No son rasgos fijos que «tienes» como quien tiene los ojos azules.
Son patrones que se aprendieron en un contexto determinado, que cumplen una función, y que en otro contexto podrían no existir o podrían modificarse.
Cuando reducimos todo a «soy así porque soy PAS«, estamos quitando del mapa precisamente eso: el contexto, la historia, la función.
Y sin eso, no hay análisis funcional posible. Sin análisis funcional, la terapia se convierte en una conversación sobre etiquetas.
Esas conversaciones, por muy interesantes que sean, no cambian conductas.
La diferencia entre nombrar y comprender
Hay algo que me parece importante distinguir, porque no todo el autodiagnóstico es igual de problemático.
Identificarse con ciertos patrones puede ser el primer paso para buscar ayuda.
En ese sentido, que alguien reconozca que sus reacciones en las relaciones le generan sufrimiento, y que eso le lleve a una consulta, es superpositivo.
El problema llega cuando la etiqueta reemplaza al trabajo, cuando se usa como escudo o como excusa, o cuando la persona llega convencida de que ya sabe lo que tiene y lo que necesita.
La diferencia entre una pseudoterapia centrada en la técnica y una psicoterapia centrada en la persona es exactamente esa: si el punto de partida es la etiqueta o la persona.
Yo parto de la persona. Siempre. Del contexto, de lo que hace, de lo que evita, de lo que valora. Eso es lo que orienta el trabajo, no el nombre del patrón.
Cómo trabajo esta situación en consulta
Cuando alguien llega con un autodiagnóstico, lo primero que hago no es rebatírselo. Eso no ayuda a nadie.
Lo que hago es ir un paso más allá con él o con ella. Pregunto qué está pasando en su vida concreta. Qué situaciones le generan malestar. Qué hace cuando ese malestar aparece. Qué ha intentado ya. A qué está renunciando.
Y desde ahí, construimos una hipótesis funcional que tiene en cuenta su historia, su contexto y sus valores. No un manual. No una categoría. Esta persona, esta situación, este momento.
A veces la etiqueta que traía encaja bastante bien con lo que encontramos. Otras veces, el análisis funcional revela algo completamente diferente.
Y en los dos casos, lo que cambia la vida del paciente no es saber cómo se llama lo que tiene, sino entender qué función cumple y qué se puede hacer con ello.
Si vives en Almería o alrededores y llevas tiempo intentando entenderte a través de contenido de redes sin llegar a ningún sitio concreto, quizá vale la pena tener una conversación real.
Puedes escribirme por WhatsApp y valoro tu caso de forma personalizada.


