Este artículo me ha salido un poco largo pero he querido volcar todo lo que me “ocupa” a la hora de hablar de la gestión emocional. Espero que te ayude
Hay una frase que escucho con cierta frecuencia en la consulta.
Llega envuelta en distintas palabras, pero el fondo siempre es el mismo: «Es que no sé gestionar mis emociones.»
Y lo primero que me pregunto cuando alguien dice eso es: ¿qué entiende por gestionar?
Porque ahí, en esa pregunta aparentemente sencilla, suele estar el nudo de todo.
Si gestionar significa controlar, suprimir, o que los sentimientos no te molesten, entonces partimos de algo que es imposible, sería equivalente a cortarnos una mano, además, eso va a estar haciéndote mucho daño mientras lo intentas.
Y eso, en mi consulta de psicología en Almería, lo veo casi a diario.
Las emociones no son el problema. La relación que tienes con ellas, sí puede serlo.
Piensa en esto un momento. Las emociones —el miedo, la tristeza, la rabia, incluso la vergüenza— existen porque tienen una función.
No son bugs del sistema. Son respuestas que el organismo elabora ante lo que vive, ante lo que recuerda, ante lo que anticipa. No aparecen porque tú seas débil ni porque algo falle en ti.
El problema real no suele ser la emoción en sí. Es lo que pasa después: el juicio que emites sobre ella, la urgencia por hacerla desaparecer, la cantidad de energía que inviertes en no sentirla.
Porque como en tantas y tantas cosas en psicología, la solución que adoptamos ante el malestar acaba siendo parte del problema.
Aquí entra algo que trabajo mucho desde la Terapia de Aceptación y Compromiso, ACT, si te suena el término: la distinción entre el dolor que es inevitable y el sufrimiento que construimos encima de ese dolor.
La emoción duele. Pero la lucha constante contra ella, esa resistencia agotadora, es lo que de verdad nos desgasta.
El error más común: confundir aceptación con resignación
Cuando en terapia hablo de aceptar una emoción, hay personas que lo escuchan como «resignarte a estar mal para siempre». Y entiendo la confusión. ¡De verdad que no es eso!
Aceptar, en el sentido que trabajo en consulta, significa algo más parecido a: dejar de pelear con lo que ya está ahí. No es rendirse.
Es reconocer que intentar suprimir una emoción funciona más o menos como intentar no pensar en un limón.
Cuanto más te dices a ti mismo que no pienses en él, más presente está. Cuanto más te dices que no puedes estar triste, más peso tiene esa tristeza. Es la paradoja del lenguaje.
¿Qué pasaría si, en vez de intentar apagar la emoción, te preguntaras qué te está diciendo? ¿A qué necesidad tuya está apuntando?
Eso no quiere decir que las emociones deban dictarte las acciones.
Hay una diferencia importante entre sentir rabia y actuar desde la rabia. Entre sentir angustia y dejar que esa angustia organice toda tu vida.
Esa diferencia, ese espacio entre el estímulo y la respuesta, es donde se trabaja en terapia.
La gestión emocional que sí funciona: no es un truco, es un proceso
En mi forma de trabajar —que integra enfoques como ACT, terapia narrativa y terapia basada en procesos— parto de una idea que para mí es central: antes de intervenir sobre una emoción, necesito entenderla.
Entenderla en contexto. ¿Cuándo aparece? ¿Qué la precede? ¿Qué función cumple en la vida de esta persona concreta?
Porque si hay algo que me genera cierta desconfianza son las listas de «5 técnicas para gestionar tus emociones» que circulan por ahí.
No porque sean falsas, sino porque aplicadas sin contexto, sin mirar a la persona que las usa y la historia que lleva encima, pueden quedarse en el plano de lo superficial.
O peor: pueden convertirse en otra forma de evitar.
El trabajo real tiene más que ver con esto:
Primero, aprender a observar la emoción sin fundirte con ella. Hay una distancia posible entre «estoy ansioso» y «noto que hay ansiedad». No es una diferencia semántica. Es una diferencia en el vínculo que tienes con lo que sientes.
Después, explorar qué valores tuyos están en juego. Las emociones más intensas suelen aparecer donde más nos importa algo.
La ansiedad antes de una presentación habla, entre otras cosas, de que el trabajo o el reconocimiento te importan. La tristeza por una pérdida habla del amor que hubo. Ver esa conexión cambia algo.
Y por último —y esto es lo que más se trabaja en consulta— identificar qué conductas estás usando para evitar el malestar, y si esas conductas te están acercando o alejando de la vida que quieres tener. Porque la evitación tiene un coste. Siempre.
Estrés, ansiedad y el día a día en Almería
En este caos de vida que llevamos todos —compromisos, pantallas, incertidumbre, la sensación de que nunca llegamos a todo— el estrés y la ansiedad se han convertido en algo casi omnipresente.
No es que la gente seamos más frágil que antes. Es que las condiciones son más exigentes, y muchas veces el entorno no nos da demasiado margen para simplemente estar mal un rato.
Si vives en Almería y notas que el estrés se ha instalado de forma crónica, que la ansiedad aparece incluso cuando no hay un motivo claro, o que llevas tiempo sintiéndote desbordado sin saber muy bien por qué, quizá valdría la pena explorarlo en un espacio con más profundidad que un artículo.
En la terapia psicológica en Almería que ofrezco en mi consulta, trabajamos exactamente eso: no solo los síntomas, sino el patrón que los mantiene.
Con tiempo, sin etiquetas rápidas, y con la convicción de que cada persona es un caso único que merece una mirada a medida.
Para terminar: una pregunta que me gusta hacer
No te pido que hagas nada concreto ahora mismo.
Solo que te detengas un momento y te preguntes: ¿cuánta energía estoy gastando en intentar no sentir lo que siento? ¿Esa estrategia me está funcionando, o llevo tiempo repitiendo lo mismo con resultados parecidos?
Plantéate también si la forma en que hablas de tus emociones, «no puedo estar más así», «tengo que estar bien», «esto es una tontería»; es la de alguien que se trata con compasión. O si, sin darte cuenta, eres tu propio crítico más severo.
Quizá podrías observar qué pasa si en algún momento dejas de luchar contra lo que sientes. Tú solo observa. Sin prisa por que se vaya.
Si te ves reflejado en algo de lo que has leído aquí y crees que puede ser el momento de trabajarlo en consulta, puedes escribirme.
Te espero. Vamos a mirar juntos lo que está pasando, sin juicios y a tu ritmo.


